 |
Bueno, pues como ya os anuncié, no he querido privarme/privaros de resumir en cuatro pinceladas la relampagueante escapada a Basilea, sin pretensión alguna de exhaustividad ya que, difícilmente voy a poder pormenorizar sobre una visita que sólo puede saciarse con la dedicación de una semana laboral completa y a la que nosotros tan sólo le dedicamos unas horas. Mi pretensión era la de sacar fotografías de casi todo, pero a la hora de la verdad, el paso ligero y la vista desbordada consumieron el tiempo y el sosiego necesarios para inmortalizar en imágenes el magno evento ya que, la penuria de tiempo de que disponíamos y el deseo de sacar unas horas para visitar Berna, nos obligó a desfilar por Basilea cual si de una marcha militar se tratara, por lo que estas líneas no tienen mayor pretensión que la de relatar mis impresiones sobre un viaje que entiendo, sin margen de discusión, que vale la pena realizar para cualquier aficionado a los relojes y, aún, pese a mis personales críticas sobre el evento/fenómeno y a las que más adelante me referiré.
Con navajas en mano y bien aprovisionados de pan, longaniza, buen queso y mejor rioja (gracias Oriol: la verdad, es que sólo nos faltaron unas gallinas para que nuestro departamento del moderno TALGO pareciese de principios del siglo pasado) y tras una noche dormitando entre ronquidos (el que más y el que menos contribuyó lo suyo a la orquesta), amanecimos en Berna, desde donde nos trasladamos hasta Basilea (unos 100 km) y donde a primeras horas de la mañana, traspasábamos el umbral de la feria…grande…impresionante…hermosa.

Realmente, impresionaba la congregación de ejecutivos, y aún de ejecutivas, de aparente gran nivel y de sospechada procedencia de casi los cinco continentes, ávidos en ver, descubrir y seleccionar los relojes en los que se iban a traducir sus millonarias inversiones. Móviles humeantes, visitas concertadas con las mejores marcas relojeras, apretones de manos…en fin, un destellante quehacer de los responsables de que esos objetos de deseo lleguen finalmente a las vitrinas de nuestras relojerías, que no de nuestras muñecas, ya que esa decisión última sólo nos corresponde a nosotros (o no).
Me llamó particularmente la atención el hecho de observar, más allá de lo que en un principio pudiera sospechar, la actividad de elegantes y no menos bellas ejecutivas en ver y tomar nota de las novedades relojeras de la feria, con un interés y una profesionalidad, hasta entonces relegados desde mi provinciana óptica, al ámbito generalmente masculino. Me alegró mucho constatar que el concepto de igualdad que tanto se pregona en el aspecto de los derechos, trascienda a los mismos y discurra también por los derroteros de las profesiones y de las aficiones.

Pero bueno, lo cierto es que allí fuimos a ver relojes, así que vayamos a la cuestión. Una primera conclusión, y sin ánimo de sentar cátedra, es que se me antoja que cada vez va a ser menos original y exclusivo eso de poseer un tourbillón, pues da la sensación de que se ha dado una especie de pistoletazo de salida en relación a tal complicación y el que más y el que menos ha apostado por ella entre sus novedades. Me detendré particularmente en la cada vez más inalcanzable firma Breguet, con la que tuvimos ocasión de acceder a la trastienda y ver, manosear y fotografiar alguno de sus modelos mientras se concluía, ante nuestras narices, una de esas millonarias operaciones comerciales a las que me refería. La verdad es que la firma en cuestión está haciendo una apuesta increíble para situar a la marca en el nivel de prestigio que antaño poseyera, claro, que ello comporta su ubicación en esa incómoda estratosfera de lo inalcanzable.






Respecto de Zenith, otro tanto de lo mismo, pero a otro nivel, aunque en esta ocasión tuvimos el privilegio de ver algunos de sus ejemplares en las muñecas de algunas preciosas y exquisitas modelos que expresamente los lucieron para nosotros.

No puedo dejar de referirme a mi querida Rolex quien, además de la lenta y progresiva evolución de sus modelos deportivos (aunque no pude ver en directo los transformados GMT Master II), está sacando de su profundo sueño a la serie Cellini con sus nuevos diseños, movimientos perfectamente acabados decorados y vistos con lo que, como yo mismo ya había preconizado en más de una ocasión, los sitúa en unos precios de entre 12.000 € y 14.000 €, claro que siempre habrá alguien que piense que, en tales condiciones, por fin tienen un precio acertado. Personalmente, prefiero pagar dos o tres mil euros y disfrutar, sin más, de las excelencias de un movimiento Rolex aún a expensas de no verlo y de saber que, sin los adornos y acabados posibles, me ahorro unos cuantos miles de euros, porque para acabados y precios excepcionales, “ya tiene Doctores la Iglesia”.
 Los escaparates donde se exhibía la serie Cellini, siempre estaban “ocupados”.






 Y cómo no, un estupendo trío del polémico TOG:

Eso me lleva directamente a Patek Philippe, prodigio de calidad, gusto y refinamiento en el arte de la relojería. Los “sencillos” Calatrava cada vez me seducen más y racionalmente no acabo de entender el “por qué”.







En cualquier caso, para mí, lo más maravilloso y mágico de la feria se concentró en el fabuloso calibre 89 de PP. Eso sí, a los aficionados a los relojes de bolsillo, les recuerdo que el animalito tiene el tamaño aproximado de un coco, con lo que…el bolsillo del chaleco para llevarlo…


Y alguna que otra “cosilla”:

Impresionantes también los nuevos, y no tan nuevos, modelos de Ulysse Nardin, cuyo pabellón hacía ostentación de una clara inspiración marinera.



Preciosos de verdad los diferentes modelos de Gashütte Original, con sus originales y maravillosos cronógrafos, nuevas esferas de color gris y cómo no, también un tourbillón.



Me llamó la atención este expositor de los distintos modelos históricos de Longines y particularmente el Charles Lindbergh de 1931 (¡enorme!).

De todos modos, entiendo que a Basilea hay que acudir, no con la mentalidad de lo posible (desde una óptica subjetiva animada por futuras adquisiciones), sino de lo plausible, cual poseedor de una modesta Zodiac que, embargado por la afición a la navegación y a la náutica, acude a contemplar, con esa ajeneidad que transmite lo inalcanzable, las maravillas de de los yates de más de treinta metros de eslora, aún a sabiendas de que nunca serán para él. Así se disfruta y, además, de lo lindo.
La parte para mí más, no diré decepcionante, pero sí cruda, fue la constatación del capital-mercantilismo que, como no podía ser de otra forma, preside los designios del avance y renovación de la relojería de nuestros tiempos, ya que da la impresión de que lo que subyace es el negocio puro y duro, más allá del arte y la pasión relojera que, en este caso, se utiliza como mero pretexto para aglutinar dólares sin parecer importar en ocasiones el objeto motivador de todo ello. Lo siento, pero esa es la personal sensación de un aficionado a los relojes que convive y sobrevive con ellos, pero no por ellos ni para ellos. Así, cada vez comprendo y me complace más el gusto y la pasión generada por los vintages, en los que su esencia prevalece al más pequeño mercantilismo que suscitan, ¿verdad Daniel?
Bueno, pues para superar tales despropósitos, no hay más que subir hasta la planta segunda de la feria. Allí pudimos disfrutar de lo lindo, al situarnos en el mundo de lo “terrenal”: Sinn, Zeno, Laco, Hanhart y un largo etcétera, sin olvidar uno de los puntos neurálgicos de nuestro interés: la AHCI, con nuestro querido maestro Pita y otros genios iconoclastas que hicieron causa y delicia de nuestro apresurado viaje.



Exhaustos y vencidos, tras meternos entre pecho y espalda unas deliciosas salchichas, debidamente condimentadas y regadas, regresamos a Berna, donde pudimos pasearnos un rato y llegar a tiempo de proveernos de unas sencillas navajas suizas, bajo el buen entendimiento y consejo de Breguet44 en esas lides. El resto ya os lo podéis imaginar: más tren, más ronquidos y…despertar en casa…como si de un sueño se hubiera tratado.




Pero bueno, de cualquier modo, una buena ducha fría en la plaza del Parlamento de Berna, no está mal para despertar y, en cualquier caso, recojo el guante lanzado por Goldoff, así que desde aquí os conjuro para organizar una excursión a Basilea para el próximo año, pues algo me dice, D.M., que volveré…
¡S@ludos!
|
| |
|