Maestro     Fecha  11/15/2016 18:29 
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Del mismo modo que el colonizador intenta aceptarse
como colonizador, el colonizado se halla obligado
a aceptarse como colonizado para sobrevivir.
–Albert Memi, Retrato del Colonizado

La imposición de la Junta de “Control” Fiscal nos ha retrotraído a la realidad colonial de Puerto Rico. No me refiero a la realidad jurídica de subordinación política que nos han restregado en la cara la ley PROMESA y el caso Commonwealth of Puerto Rico versus Sánchez Valle et al. No, me refiero a la aceptación pasiva de que somos colonizados que significa la revelación de una encuesta en la que 72% de los encuestados no saben qué es la Junta pero 69% la apoya. Me refiero a que cuatro de los candidatos a gobernador/a aceptan la Junta como un “mal necesario” o una bendición para evadir su responsabilidad, y solo dos la rechazan. Y los que la rechazan tienen un apoyo exiguo del electorado.
¿Por qué los puertorriqueños no se rebelan? ¿Por qué “el pueblo”, su comportamiento electoral, es un “problema”? ¿Por qué seguimos eligiendo la kakistocracia colonial? La respuesta más obvia es que somos colonizados. Sí, pero ¿qué demonios es eso de ser colonizados?
El escritor tunecino Albert Memi y el psiquiatra martiniqués Frantz Fanon escribieron tratados muy importantes sobre el tema que siguen siendo relevantes. Aunque el contexto de sus escritos fueron las colonias francesas del Magreb, Túnez y Argelia, su análisis sigue vigente. Esta reflexión se basa en dos de estos escritos, Retrato del colonizado y Los condenados de la Tierra.
Contrario a los países estudiados por Memi y Fanon, Puerto Rico es parte de la “civilización occidental”. Más aún, desde la segunda posguerra, los territorios coloniales y no independientes del Caribe lograron distintos grados de afirmación cultural a la vez que advinieron a niveles de vida superiores a las colonias de Asia y África que alcanzaron su independencia a partir de los cincuenta y sesenta. Puerto Rico logró afirmarse como una nación culturalmente hispanoamericana y afro-antillana, así como Martinica y los departamentos franceses del Caribe lograron afirmar su “negritud” sin alcanzar la independencia. Socioeconómicamente nos convertimos en una colonia próspera, “vitrina de la democracia” y modelo de crecimiento económico que inauguró la industrialización mediante la exportación que se propagaría como el modelo de industrias “maquiladoras” desde la frontera de México hasta el Asia.
Entonces, si no somos colonias explotadas hasta el hambre, ni culturas musulmanas menospreciadas por el colonizador occidental “cristiano”, ¿qué compartimos con los colonizados sobre los que teorizaron Memi y Fanon?
Un primera aproximación nos recuerda que el colonizador construye un retrato mítico del colonizado. Al colonizado lo caracterizan, entre otros rasgos: (1) la pereza, en oposición a la industriosidad del colonizador; (2) la debilidad, que justifica la necesidad del “protectorado político” (el Estado Libre Asociado); (3) la ignorancia, de ahí la creación en Puerto Rico, por ejemplo, de una universidad para educar maestros que enseñaran inglés, historia y cultura cívica en la tradición norteamericana; (4) la perversidad, somos pillos y corruptos necesitados de vigilancia, ley y orden metropolitano (federal); y (5) la irresponsabilidad, no queremos cambios, no confiamos en nosotros. El colonizado es como un niño/a que necesita tutelaje y supervisión, ¡como el que proveerá la Junta!
Memi nos dice que el colonizador deshumaniza al colonizado en la construcción social de este. El “retrato del colonizado” se completa con la mistificación (reificación) del colonizado que lleva a la aceptación (internalización) del retrato construido por el colonizador. Al colonizado se le inculca este retrato desde su niñez hasta que se “acepta”. Aquí se enraíza el complejo de dependencia y subordinación, de inferioridad. El colonizado internaliza su subordinación, la “acepta” y de ahí el colonizador deriva su legitimidad. Deshumanizar/mistificar es el orden colonial. Cualquier rebelión contra este retrato conlleva rechazo y ostracismo de las mayorías colonizadas (e.g. Don Pedro Albizu Campos era un idealista loco; María de Lourdes Santiago proyecta enojo; el profesor Rafael Bernabe no se comunica con el pueblo).
En el caso de Puerto Rico, la piedra fundacional de este retrato del colonizado es la noción de incapacidad de los puertorriqueños para gobernarnos. Esta fue la explicación para legitimar la imposición de un gobierno militar primero y luego un gobierno civil designado por el Presidente y el Senado de Estados Unidos. Desde la invasión norteamericana se nos inculcó que éramos una isla pequeña, sobrepoblada y pobre, sin recursos naturales para producir riqueza.
Aunque hasta la década del treinta fuimos la “casa pobre del Caribe”, a partir del Nuevo Trato del Presidente Roosevelt esto cambió. Nuestra pequeñez y pobreza se remedió mediante la “generosidad” de la metrópoli, de la cual dependeremos directamente para nuestro bienestar y progreso. Se establece el estado benefactor. El “Americano” pasa de explotador/opresor a generoso bienhechor.
La creación del ELA en 1952 no fue un reconocimiento de la capacidad de los puertorriqueños para gobernarse. Fue una concesión del Congreso a los puertorriqueños para manejar algunos asuntos internos y ejercer “simbólicamente” un grado de autogobierno, que respondió a un nuevo orden mundial anti-colonialista. El llamado ELA fue, como dicen algunos cínicos, una metáfora inventada por El Vate, Luis Muñoz Marín, para hacer aceptable la continuación de la condición colonial. Los que afirman esto convenientemente olvidan que esta metáfora fue construida, inculcada e internalizada a precio de sangre y fuego para los que no la aceptaron. El nacionalismo fue duramente reprimido y domesticado como “oposición leal” que participa de un proceso eleccionario que siempre ha producido y producirá el consentimiento de los colonizados.
La política colonial norteamericana de la posguerra combinó el estado benefactor con la represión selectiva de los independentistas. “Pan, palos y carpetas” sería el slogan que resumiría esta política. El Partido Popular Democrático y el ELA produjeron así un sujeto colonizado que internalizó que la prosperidad residía en la unión permanente con la “gran nación americana”.
La culminación de esta cosmovisión colonial la resume Fanon cuando afirma que, “El colonizado es un envidioso… no hay colonizado que no sueñe cuando menos una vez al día en instalarse en el lugar del colono”. (Los condenados de la tierra, 1969, p. 34). La internalización del retrato del colonizado nos hace querer ser como el colonizador. Es por eso que la respuesta del colonizado puertorriqueño a la crisis de la colonia es favorecer la estadidad, la anexión a la metrópoli. Es cuestión de igualdad, nos dicen los más colonizados, mientras que en Estados Unidos crece el rechazo a todo lo que no sea blanco y anglosajón.
¿Por qué no se rebelan los puertorriqueños? Porque somos colonizados, hemos internalizado nuestra inferioridad y dudamos de nuestra capacidad. El “pueblo” no es el problema, el problema son los intermediarios coloniales y colonizados (perezosos, débiles, envidiosos, perversos e irresponsables) que aceptaron y nos inculcaron ese mítico retrato del colonizado. El discurso y la práctica del PPD, las instituciones del ELA y de la metrópoli construyeron este “retrato” e inculcaron la conciencia colonial. La crisis actual es la primera grieta de ese retrato del colonizado, el reto es construir uno nuevo.POR EMILIO PANTOJAS GARCÍA                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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