 |
Siempre me ha llamado mucho la atención que la pregunta crudamente pragmática o utilitarista “¿y esto para qué coño sirve?”, por lo menos ocho de cada diez veces que se formula, se refiera a la matemática. (Y, a propósito de coños, ahora recuerdo una secuencia graciosa de una peli yanqui, cuyo título se me escapa ahora mismo. Según se lo confiesa paladinamente a Michael Douglas, la bellísima protagonista de la peli no usa “ropa interior”. O sea que, entre otras ausencias, ella circula sin bragas por esos mundos de Dios. En un momento dado, huyendo de no recuerdo qué peligrosos bribones o terroristas islámicos o talibánicos, la chica se descuelga con un cable desde un elevado piso, y queda balanceándose en el aire. Abajo, en la calle, unos chinitos miran hacia arriba con muy reconcentrada, sospechosa atención. Así que la heroína grita, más o menos: “Y vosotros, putos amarillos, ¿qué coño miráis?” Menuda pregunta tonta, me dije yo.)
Pero, al grano. Siempre me ha llamado igualmente mucho la atención que esa misma pregunta pragmática o utilitarista (“¿y esto para qué coño sirve?”) rara vez se haya referido a cuestiones, disciplinas o materias tales como la religión y el catecismo, la gimnasia y la magnesia, la historia o la formación del, así llamado, Espíritu Nacional.
Si uno está de acuerdo con el dicho de Gauss de que la matemática es “la reina”, o al menos la primera ministra, de las ciencias, la pregunta pragmática o utilitarista citada equivale a preguntarse por la utilidad de la propia ciencia. Pregunta, por cierto, que no es ninguna tontería.
Yo creo, sin embargo, que a la matemática (y en esto estarían de acuerdo conmigo sin duda Hardy, Ramanujan y compañía), más que con las ciencias, hay que ponerla en íntima relación con las Bellas Artes… y con el amor. De modo que preguntarse por la utilidad de esta disciplina vendría a ser en el fondo como preguntarse acerca de la utilidad de un poema de Juan de la Cruz, de un cuadro de Goya o Vermeer, de un cuarteto de Schubert o de que tú o yo estemos tan tonta y perdidamente enamorados de la señorita Ramis, nuestra vecinita del quinto izquierda.
Saludos en la rentrée.
|
| |
|