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Fecha  15/05/2006 23:58

Jon Idígoras, torero.
Mensaje Existen varias formas de ver las corridas de toros: por afición, por cultura, por matar la curiosidad, por figurar..., aunque yo diría que existen tantas, como formas de ver la vida, como personas-humanas -que no simios-, existimos o somos.

Por otro lado, existen varias formas de NO ver las corridas de toros: por afición, por cultura, por matar la curiosidad, por figurar..., aunque de estas últimas, las que más molestan a mi perseguida ecuanimidad son las formas del “pijismo verdecológico” y, en especial, la del nazional-separatismo-antiespañol, al que hoy se suman, sin remedio y en plan consigna, los consabidos detractores de la España milenaria.

Herederos universales de la cultura ibera, o ibérica, los catalanes mamaron del símbolo del toro como los que más. Herederos universales de las culturas griega y latina, participaron del toro tanto como los demás. En sus tiempos de morería, tuvieron que sacudirse el tedio de la rutina con festejos taurinos, como los demás, y hasta no hace mucho, y aún hoy, la Monumental de Barcelona era un hito del toreo, como la que más de las demás. Sin embargo, y a consecuencia de que sus privilegios histórico-clasistas de los últimos tiempos los llevan a distinguirse insolidariamente de los demás, optan por romper con la ancestral cultura taurina, y hasta con la figurinista al respecto prohibida en sus comercios, por ser más, o distintos, que los demás.

Como en otras cosas, vaya gentuza los nazis catalanes. No sólo traicionan al espíritu cultural de sus vecinos y conciudadanos sino que, de espaldas a su realidad histórica, lo hacen con sus propios ancestros. Por figurar.

Viendo un par de pases de la corrida de hoy, me ha venido a la cabeza, sin querer, el difunto Jon (Juan) Idígoras. Apareció después de la Transición como un eslabón necesario entre ETA VI Asamblea y la actividad político-democrática de aquél partido que tomaría forma bajo la denominación de Herri Batasuna. Un eslabón necesario, o perdido, quizás como él mismo.

Me acordaba de que quiso ser torero. En plena España franquista de “cordobeses y vitigudinos”. Con afición y arrojo lidió varias novilladas. No llegó a figura del toreo de plaza, pero en su arte de vivir aprendió a dar pases de pecho y medias verónicas, mirando a uno y otro tendido, sin que le faltara la bolsa hasta sus últimos días.

A buen seguro, en más de una de sus conversaciones, habría defendido, a capa y espada, las excelencias de la casta de los toros vascos -bueno, navarros-, los
de sobra conocidos “karrikiris”, bravos y nobles, de los que descienden algunos de los hierros más importantes de la actualidad. Con unas pocas más de luces, hasta podría haber hecho referencia a los festejos donde, toreros moros de Zaragoza, rendían sus artes al monarca franco-vasco-navarro Carlos III El Noble, en las celebraciones del Palacio de Olite, residencia veraniega de sus majestades navarras. Quizás también, con un poco de traje de luces, hasta hubiera podido plantear como realidad histórico-cultural los festejos ibero-vascones de las tierras del sur de Francia, donde en la región de Las Landas y en varias ciudades significativas, comparten con la Península el gusto por el arte de la Tauromaquia.

Pero en el figurar de sus noveles correligionarios, el antiespañolismo visceral arremete, al igual que en el caso catalán, contra la propia esencia, escupiendo a la bandera de los tendidos. A los mismos colores por los que sus antepasados se batieron el cobre aquí y allá, para constituir con su esencia una identidad nacional que, heredera de culturas como la ibera, la griega o la romana, había hecho del toro ibérico algo más que un símbolo, algo más que un simio: el espíritu encarnado de la nobleza, la lealtad y la bravura; el espíritu de quien, cuanto más lo hieren, más se crece y con más ímpetu acomete a sus agresores.

A mí, las corridas (de toros), como el fútbol, como el tenis o el automovilismo, ni fu ni fa; pero el toro, aún lidiado, me fascina. Me conmueve. Me representa. Como español, y como pobre persona-humana, o como persona-humana pobre, capaz de sobreponerme a la suerte de varas, a la de banderillas, al pase de pecho y la media verónica, y hasta al estoque de muerte, con un personal sentido, invariable, de la nobleza, la lealtad, y la bravura.

Entiendo que para malnacidos como Pérez Díez –El Carod-, y Otegui, todo esto no signifique nada, excepto nacional-españolismo. Entiendo que estén embutidos en acabar con la Fiesta de España en sus respectivos cortijos, en cerrar las plazas y quemar las banderas de sus tendidos...pero, ¿qué pensará Jon Idígoras, el torero, desde su tumba?






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