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Refiriéndose a ciertos sociólogos norteamericanos, Stanislav Andreski escribía en 1972:
«La receta para hacerse un nombre (…) es tan sencilla como provechosa: se toma un manual de matemática, se copian las partes menos complicadas, se les añade algunas referencias a obras de alguna otra rama de la sociología, sin preocuparse lo más mínimo en saber si las fórmulas transcritas guardan alguna relación con las auténticas acciones humanas, y se le pone por último un título rimbombante al producto a fin de que quienes lo lean supongan que han descubierto la clave de una ciencia exacta del comportamiento colectivo.»
Como prueban Alan Sokal y Jean Bricmont en su muy citada obra Imposturas intelectuales, estas palabras de Andreski podrían aplicarse con bastante propiedad a “posmodernistas” tan ilustres como Julia Kristeva, Luce Irigaray, Bruno Latour, Jean Baudrillard, Paul Virilio y Gilles Deleuze/Felix Guattari, así como al patriarca don Jacques Lacan. En lo que a este último se refiere, no se trata de criticar sus supuestas o reales aportaciones al psicoanálisis freudiano, sino solo de poner de relieve su ignorancia y su huera palabrería (o “char-lacanería”) cuando, como todos los otros autores citados, se empeña infantilmente en épater le bourgeois o impresionar al lector ingenuo con sus supuestos conocimientos matemáticos.
Una de las "debilidades" matemáticas del charlacán don Jacques fue durante muchos años la topología. En una conferencia que dio en 1970 en la Johns Hopkins University, aseguraba, p. ej., que la cinta de Moebius estaba “en la base de una especie de inscripción fundamental en el origen, en el nudo que constituye el sujeto. (…) Un toro, una botella de Klein, una superficie entrecruzada (cross-cut) [sic, en vez cross-cap, gorro entrecruzado] son capaces de recibir un corte de esas características. Y esta diversidad es muy importante porque explica muchas cosas acerca de la estructura de la enfermedad mental”. En el debate que siguió a la conferencia, y respondiendo a la pregunta de un oyente, Lacan aseguró que el referido toro (superficie topológica semejante a la de un neumático o un “donut”) “existe en realidad y constituye exactamente la estructura del neurótico. No se trata de una analogía (…) yo pienso que es la mismísima realidad.”
Quizá el único ser racional capaz de entender esta identidad estructura del neurótico = toro sería el incondicional lacaniano Jean-Claude Milner, autor de la frase: “como él mismo dice, Lacan es un autor cristalino.” (Tal cual: ¡Cristalino!)
Por desgracia, lejos de languidecer con el paso de los años, la afición de Lacan por la topología fue en aumento, pese a lo cual el hombre siguió sin tener la más remota idea acerca de qué iba esta disciplina matemática. En 1972 aseguró, en efecto, sin ruborizarse lo más mínimo, que “en este espacio de goce, tomar algo acotado o cerrado constituye un lugar, y hablar de ello constituye una topología”, lo cual matemáticamente no tiene, desde luego, el menor sentido. Al año siguiente don Jacques añadió, ítem más, que “la topología no está hecha para guiarnos en la estructura. (…) La estructura es lo aesférico oculto en la articulación lingüística… Es evidente que [el significado] se apodera de la subfase, pseudomodal”, y así de seguido. Un par de años después, al seguir “profundizando” en la topología, el buen hombre dice: “Introduciré aquí el término de ‘compacidad’. Nada más compacto que una falla… Esta es la definición misma de compacidad.” Pero, como es natural, la compacidad topológica (un concepto técnico de difícil comprensión) no tiene absolutamente nada que ver con las cosas que dice este freudiano señor. Lo cierto es que, para impresionar a su clientela, en vez de tan enrevesado y técnico concepto topológico, don Jacques Lacan bien podía haber introducido con parecido provecho charlacanesco los términos ‘pluscuamperfecto’, ‘onomatopeya’ o ‘cuernicorto’.
También tocó este señor en su momento, como es bien sabido, los números imaginarios, a los que a veces llamaba, dada su insondable ignorancia matemática, números “irracionales”. De 1977 es la atrevida aseveración charlacaniana siguiente: “Cuando digo ‘irracional’ (…) [me refiero] precisamente a lo que se denomina un número imaginario…” Lo cual es equivalente a decir: “cuando digo berza me refiero precisamente a lo que se denomina cebollino”. También pretendió que sus fieles se tragaran sin pestañear la siguiente grotesca ecuación o desaforada rueda de molino:
«S (significante)/s (significado) = s (enunciado), lo cual, siendo S = -1, da como resultado s = √(-1).»
Y, ya lanzado, emitió el celebérrimo dictum charlacanesco:
«Es así como el órgano eréctil viene a simbolizar el lugar del goce, no en sí mismo, ni siquiera en forma de imagen, sino como parte que falta en la imagen deseada: de ahí que sea equivalente al √(-1) del significado obtenido más arriba”, etc.
Para qué seguir con otros despropósitos semejantes.
Ahora, eso sí, como dijo Louis Althusser, “Lacan dota finalmente al pensamiento de Freud de los conceptos científicos que exige…”
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