Ceferino Suárez De los ängeles     Fecha  30/11/2015 19:09 
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ArchivoEdición impresa (El País)

lunes, 13 de mayo de 1991
Tribuna:
Nada más que marginados
• VIVIR EN LA GRAN URBE
Ceferino Suarez de los Ángeles 13 MAY 1991
La exclusión en la vida ciudadana de una gran urbe no sólo se produce en las zonas marginales. También en los centros este fenómeno se produce con frecuencia. Esta reflexión lleva al articulista a pensar que la vida del hombre y de la mujer se reduce a participar en una especie de gran bingo.
A muchos, aunque no piensen ustedes que a tantos, les importan todavía las existencias atrapadas no sólo en lo económico, sino también en el coste psicológico de esa exclusión que inexorablemente les llevará a la autoexclusión.Se trata de esas personas a quienes ya ni siquiera una geografía les identifica externamente. Pues si Caño Roto, Hormigueras, Pozo del Huevo, La Celsa, San Fermín, Los Focos, La Viña, etcétera, eran parte de ese mapa de la marginación, el anonimato del centro de la gran urbe -lujosa hasta el despilfarro- es ahora el lugar que traspasan o donde anidan, sin que su vertiginoso ritmo caiga en la cuenta de su desconcierto y desorientación.
Hasta a una de sus herramientas para las causas perdidas -su lenguaje- se la ha comercializado bajo etiquetas como lenguaje cheli, o frívolamente la utiliza cualquier estudiante pijo en el instituto de bachillerato Cardenal Cisneros. No cabe duda alguna que donde se confunde la noticia con lo cierto se confunde la información con el saber.
Si bien se mira, pueden tener parte de razón cuando afirman que éstos son víctimas del sistema; pero olvidan que ellos lo son en cierto modo. Es peligroso olvidar que nuestro tiempo se ha modulado para la confusión, donde para unos y otros la pérdida más lamentable es la pérdida de la afectividad.
A nuestros abuelos les escandalizaba cualquier cambio: las cosas había que dejarlas como estaban. En cambio, al hombre de hoy le parece algo Impropio el que no haya transformaciones. Nadie conoce hoy el reposo.
El hombre y la mujer de la gran urbe han reducido la vida humana a un gran bingo, donde la libertad y la responsabilidad son desconocidas. Aunque después se proclame al unísono que al ser humano hay que rodearlo de otros sentimientos.
La gran urbe no tiene tiempo para pararse a pensar en las repercusiones de todo esto, aunque terminen siempre sobrecargando a los más débiles. En ella, por el mero hecho de existir, se piensa. que todos tienen derecho a cuanto ofrece la propaganda. Y así ataca a quienes no agradecen lo que no tienen y no inculpa a nadie de cuanto carecen.
Autoexclusión irremediable
Tampoco tiene tiempo para interesarse por ese sutil proceso que lleva a unas personas que un día se sienten excluidas a una irremediable autoexclusión. La marginación avanza inexorablemente. Y la memoria social se ha convertido en olvido autocomplaciente.
¿Pero todo esto para qué? Para los náufragos son siempre útiles las redes. Y además todo seguirá como ayer.
¿Cómo, airados, otros solicitarán más dinero al Estado protector? ¿Es que ven ustedes menos marginados en Madrid? ¿Cómo surgen tantos portavoces de las causas perdidas, si ni del que tengo al lado me hago eco? ¿Alguien me puede decir cuántos años tienen que pasar para que ciertas instancias contesten a las demandas formuladas?
Pedir unión sería una demagogia imperdonable, cuando la desgracia poseída es su fuerte. Tampoco entenderán ya su impotencia desoladora cualquier iniciativa ingenua.
Callada y oscura, su vivencia me dicta: todo está bien. Con su cadencia inevitable y fatal, todo seguirá así, irreparable, inalterado.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               
 

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