C,Javier...javi-Guri en Facebook    victormanuelpiter@hotmail.com Fecha  22/05/2016 07:55 
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¡ABORTO NO!
Cuando alguien se va antes de nacer deja un vacío en la sociedad

“Había una vez un mar azul, cuyas olas rugientes se estrellaban enfurecidas contra la arena. Pero la arena era tan mansa que nunca se enfurecía, por eso el airado mar una y otra vez envestía a la playa sin conseguir abatirla.

Por las noches los luceros dejaban ver un cielo esmaltado de pequeñas luces en el profundo abismo de su cielo oscuro que daba una gran tranquilidad a quien lo contemplaba.

Desde el mar se erguía una pequeña colina llena de árboles de hojas perennes y castaños, donde anidaban variedad de pajaritos, los cuales entonaban sus arpas hirsutas llenando el aire de melodías. También los rosales, mezclados con las flores del campo, y las madreselvas despedían un aroma maravilloso.

Desde el mar un tortuoso sendero subía hasta una pequeña explanada, sobre la cual se alzaba una hermosa casa.
Un pequeño arroyo procedente del cercano bosque atravesaba el jardín, y sus cascabeleos sonoros parecían canciones que derramaba al pasar cerca de las flores y las rosas de mil colores, las cuales, agradecidas exhalaban un dulce aroma embriagador que deleitaba todo el bello jardín, y las aguas, cansadas de tanto caminar, se escondían en pequeños remansos para aspirar su aroma.

Al lado de la casa pasaba aquel sendero, tortuoso y solitario que el sol besaba sonriente y la brisa matutina mecía las verdes ramas de los árboles, las cuales parecían jugar sembrando aquí y allá sus movientes sombras como niños que jugases al pasar.
La casita que estaba en medio de este hermoso jardín tenía muchas ventanas, como ojos que contemplasen la playa a un lado, el bosque al otro, y allá abajo el bravío mar, que en las noches de claros luceros dejaba retratar la estela de los barquitos de los pescadores cuyos alegres cantares se confundía con las rugientes olas que espumantes se morían en las suaves arenas.

En una de las ventanas, en aquella que estaba sobre el jardín. Una hermosa niña de largas y rubias trenzas bordaba y cantaba con su argentada voz.

Un día de primavera, cuando las flores despertaban abriendo sus pétalos al nuevo sol, me fui acompañado de mi perro Patón a dar un paseo por el bosque.
Era el día del Corpus Cristi. Las campanas de la aldea sonaban alegres, lanzando al aire el son al tañir de sus bronces sagrados, que las suaves ráfagas del viento llevaban hasta mí.

Al pasar delante del jardín me asomé sobre la cancela, mientras leía un rótulo en una pared desconchada y sucia que decía: “No acercarse, casa en ruinas, peligro”

Miré desconcertado a mi perro, el cual también me miraba, acercándose a un agujero que había sobre la puerta rota. ¿No había visto yo una preciosa niña bordando en el balcón? ¿Cómo es que ahora solo estaba la casa en ruinas en un lugar privilegiado, al centro de un jardín descuidado y sucio?

Después de estar un rato sentado bajo las madreselvas despeinadas que cubrían la entrada seguí andando pensativo. ¿Habré visto visiones? El perro ladró no sé a quién, y acorté el paso para ver si alguien se acercaba. Solamente el eco de los ladridos de Patón volvía hasta mí como ondas en el aire.

Es bonito un eco. Me agrada cantar en voz alta para que el eco devuelva mi voz estrellándose contra las lomas de la colina.

Volví la cabeza otra vez hacia la casita por ver si veía al jardinero. De pronto veo otra vez aquella hermosa niña, bordando, en el mismo lugar donde antes la había visto.
Lleno de curiosidad me vuelvo, llamo a la cancela, y me quedé asombrado al ver otra vez aquel hermoso jardín lleno de flores de dulce fragancia.

Aquella muchacha, tal vez frisando en los dieciocho años, con una bellísima sonrisa en sus labios carmín, y mirándome con sus ojos de un azul profundo me dijo: -Hola. ¿Eres Carlos, verdad? Un poco aturdido no sabía que contestar. Temía que desapareciera o que fuera tan solo un sueño. La voz dulce repetía como un eco maravilloso “¿Eres Carlos, verdad?, así varias veces hasta que una brisa barrió sus palabras Fue entonces que le dije: -Sí, Soy Carlos. ¿Cómo sabes mi nombre? Nunca he pasado por este sendero, nunca te he visto. Por eso me extraña que sepas como me llamo ¿Cuál es tu nombre? -Mi nombre es Karolina. Ahora ya sabes mi nombre.

Mientras hablaba no apartaba sus ojos den mis ojos, y su sonrisa tan hermosa me hizo dudar si era una joven o un ángel. Un rato de silencio, mientras le di la mano para corresponder a su saludo. Entonces me pareció que las flores exhalaban un aroma mucho más dulce, un aroma que envolvía el arroyo, la luz, todas las flores y llegaba hasta perderse allá lejos, muy lejos. Sus labios volvieron a sonreír, mientras brotaron unas palabras muy suaves, tan suaves que Patón se acercó a ella.

Restregué los ojos, porque me parecía una quimera de la cual no quería despertar. Entonces le pregunté: ¿-Eres una mujer o un ángel? ¿Acaso eres la sonrisa de una de estas flores de tu jardín?
Sus labios enmudecieron unos minutos, y mirándome un tanto entristecida me dijo: -Soy Karolina. Muchas noches contemplo tu sueño y te bendigo en mi despertar.

Soy Karolina, sí, pero mi madre no me dejó nacer. Estaba destinada a ser tu esposa. Pero nuestras vidas en este mundo jamás podrán unirse.

-No sé, Karolina, si todo esto es verdad, o es tan solo el dulce néctar de mi imaginación. Pero dime: ¿Dónde estás, donde vives, donde habitas ahora?

-Yo estoy en el cielo. En el cielo disfruto de toda alegría. Aun así la vida es el don más grande que Dios nos ha dado. Con la vida podemos aumentar nuestras virtudes, podemos brillar como estrellas conseguidos con nuestros méritos, porque todos los bautizados tienen méritos desde que son bautizados. En cambio ya ves. Por toda una eternidad seré tan solo una estrella pequeña, muy pequeña, cuando mi destino era ser espejo que irradiara la paz, el amor y la misericordia de dios.

Me quedé contemplando aquellos ojos tan bellos, aquellos labios carmesí que parecían destilar un amor que ya jamás podría disfrutar. Y apretando con rabias mis puños le dije: -Entonces tu madre estará en el infierno. Y al decirlo dos lágrimas brotaron de mis ojos, que Karolina recogió con un blanquísimo pañuelo, mientras me decía:

-No. Ella no está en el infierno. Ella estará purgando sus malas obras durante mucho tiempo en un lugar de salvación que no es el cielo. Después, después también estará conmigo en el cielo. Ruega por ella.

-¿Podré verte alguna vez mas? -Sí, podrás, pero ya nunca en este mundo. Y dándome un beso como solo un ángel puede darlo se fue hacia un lugar para mi desconocido. Mientras con la mano me dio otro beso.

Miré al jardín, y vi que las rosas ya eran tan solo flores marchitas y desojadas. Entonces bajé la colina, y subí la otra, la llamada “colina verde” donde estaba mi casa.

Ya había anochecido, y a la vera del arroyo que pasa cerca de mi jardín me quedé meditando el daño irreparable que una madre puede hacer a sus hijos cuando no los deja nacer.

Javi Guri                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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