Román    rencabo@msc.es Fecha  13/08/2004 10:06 
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Volver al foro Responder La fe de un viejo carbonero   Admin: Borrar 	mensaje
 
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"La fe de un viejo carbonero". Así intitula el arquitecto Miguel de Oriol un artículo que publica hoy Larazón digital. Me adhiero a su contenido y lo transcribo íntegramente pensando que puede resultar interesante para pensar sobre la cuestión a la sombra de un nogal o de un fresno en cualquier prado de la Calleja de la Valle o de la Gargantilla o contemplando el pueblo al atardecer desde el Prao Pueblo. ¡Feliz verano a todo los paisanos de Navarre!
Román Encabo.

LA FE DE UN VIEJO CARBONERO, POR Miguel de Oriol
"Cada día creo más en Dios, en un Dios que si fuera comprensible no merecería la pena pues respondería a nuestra mente limitada y, por lo mismo, limitante. Pero, puesto que se nos ha dado una tendencia al raciocinio, pensamos hondo aunque no sepamos expresarlo después más que en un lenguaje primario.
A lo largo de la existencia de la humanidad, su protagonista ha adorado mayoritariamente a un Ser (o Suma de Seres) Supremo. Y, en cada época, en cada lugar, le ha rendido homenaje por medio de una religión propia. Por propia, precisamente, respondía a su sitio y a su tiempo. Con ella le fue adornando de las cualidades y características lógicamente supremas (en la jerarquía de valores) conocidas allí y entonces. Ese Dios se quedaba pequeño sucesivamente a medida que el hombre crecía en su saber –la verdad es que no ha crecido mucho– y en su acercamiento a la universalidad. La velocidad, al reducir el tiempo a consumir salvando las distancias, ha hecho que nos vayamos conociendo y, poco a poco, comprendiendo los que sólo nos visualizábamos a través de la imaginación. La comprensión creciente suaviza las diferencias locales al tiempo que radicaliza a quienes se defienden de la fusión. Defensa que, probablemente, desparecerá una vez comprobada la germinación de su siembra positiva. Y es que, parece que el hombre va superándose en un proceso que parte de las cavernas de Mingote para traernos al presente del surf. El de entonces, con pieles y as de bastos, y el de ahora, con taparrabos y tabla.
A mí me llama la atención, dentro de nuestra fe católica-mediterránea, la pasión mariana, pasión que comparto contra razón. No sé el número de advocaciones dedicadas a la Virgen desde Turquía, pasando por la rivera norte del Mare Nostrum, hasta llegar a España. Pero, sin duda, España sublima su culto. Recuerdo, sin embargo, cuando, (al visitar Efeso, la más bella ciudad grecorromana, sita en la costa turca auténticamente mediterránea) subí a visitar la casa en la que la leyenda tradicional ubica a S. Juan y, con él, a la Virgen. El pope cicerone se explayó en la virginidad de la Madre de nuestro Dios; quedaba muy claro que para él, célibe, la mujer deseable es despreciada hasta que llega virginal a la maternidad respetable, amable, amada. Y así, en la misma clave resuena nuestro amor, (el que se salta a la razón), a la Macarena, a la Virgen de Begoña o a la de Covadonga. Nuestra sensibilidad sitúa en lo más alto a la madre cuyo insulto, en consecuencia, se convierte en la más grave ofensa. Actitud diametralmente opuesta a la del judaísmo «progre». Recuerdo la frase de un compañero de estudios urbanísticos en EEUU., de inteligencia sobresaliente y activa. Para él, nada ni nadie era digno de respeto salvo el producto de la razón. «¿Tú, morirías por una idea?» le pregunté «Por nada», me contestó. «¿Por salvar a tu madre, a tu hijo? ¿Qué es tu madre para ti?», insistí. «Una mujer que se reunió con mi padre para engendrarme» fue su rotunda contestación. Alusión al coito paternal, que jamás saldría de una mente católico-meridional.
Parece que la situación geográfica, además de determinar clima, fauna y flora, define las características del hombre y, en alguna medida, su manera de pensar, su religión, su relación con Dios. Está muy claro que los espárragos de Navarra son los mejores, que la paella se llama valenciana por algo y que el salmorejo sienta en Sevilla de dulce. Todo ello resultado de muchas generaciones esmerándose en mejorar ese producto concreto o especializándose en condimentar tales delicias culinarias. A mi manera de ver, resulta una cursilada impropia la de pedir un «caneton au peches» en El Rompido, Huelva. Similar a la de sentirse sintoísta en Madrid.
Durante dos mil años, filósofos, teóricos, teólogos y virtuosos de la disciplina han dedicado su mejor reflexión a estructurar un camino hacia Dios. Camino, del que, por desarrollarse principalmente en nuestra zona, emana, a pesar de llamarse católico o, lo que es lo mismo, universal, un claro aroma mediterráneo-meridional. Camino que trata de rendir un homenaje, el nuestro, al Ser Infinito que, por serlo, sabrá valorarlo en su justa medida. Ya estoy opinando sobre lo inopinable. Pero es que lo que quiero una vez que en Él creo, es adorarle como mejor sepa, como me resulta más apropiado, lo cual no quiere suponer un único camino verdadero. «Que por mí no quede», es mi deseo y, aunque el culto nuestro (el de nuestras parroquias, el de nuestra cultura) sea, en muchos casos, de risa, por decirlo de manera suave, adereza nuestra oración con el mejor sabor posible aquí, tal y como hace el Ebro en su rivera con sus riquísimas yemas esparragueras. En resumen, camino que me sirve como el adecuado para entenderme con Él en este ámbito específico; una vez que creo en el creer con mayor seguridad que en el saber, que me fío más de lo que me pide el alma que de lo que me cuenta la razón titubeante. Cuando uno anda ya metido en años y ve a tantos triunfadores amargados, escépticos y resentidos, recuerda a aquellos otros a quienes ha visto morir serenos y curiosos por encontrarse con el Dios que soñaron sin conocerlo. Hasta ese instante debía ser, claro, incognoscible. Al estar ya de vuelta, o de ida, ni siquiera le exigen una vida eterna. Ya sabrá Él lo que procede. Lo que sí esperan es verle. Si la aspirina quita el dolor de cabeza cuando éste aprieta es porque es pertinente, si la fe ayuda a morir...
Y así le oí concluir exhausto. Es entonces, cuando, en su rotundidad, sentí su duda, la que nos ayuda a vivir".


Miguel de Oriol es arquitecto

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               
 

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